Crear cuenta
Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

Todos imaginan su primera vez como algo perfecto y mágico, con la chica de la que están enamorados, en su habitación tras ver una peli juntos y una cena romántica… Cada detalle cuidado minuciosamente, pero aunque lo hayan intentado, para la mayoría la primera vez fue algo desastroso. Lo cierto es que mi historia está bastante más allá de todos estos convencionalismos aunque algunos elementos tienen parecido. Para mí fue realmente gratificante, y si es “la peor de todas” no quiero imaginar lo que se me avecina en el futuro y ahora entenderéis por qué.

 

RELATOS ERÓTICOS – AL MARGEN DE LA LEY

 

Lorena es una chica con la que tuve un pequeño romance dos años atrás y desde que cambié de instituto no habíamos vuelto a vernos pese a que siempre tuvimos una conexión especial que nos introducía en un mundo único y que sólo nosotros comprendíamos. Hasta hace unos pocos meses. Nos reencontramos en una conocida tasca murciana y las chispas volvieron a saltar, pero esta vez ella tenía novio. De todas formas, acordamos en vernos y ella me invitó a subir a su urbanización, en la cual yo viví mi infancia y dejé atrás hace más de un lustro.

 

Bajé el pie del autobús y me la encontré sonriente esperando, con un conjunto increíblemente sexy formado por un top azul con pequeños agujeros que dejaban entrever lo que había detrás, unos shorts vaqueros algo cortitos y una melena morena recién lavada que le mecía por la espalda. Para mi sorpresa, ella no tenía nada planeado y tampoco teníamos sitio donde estar porque sus padres estaban en casa. Necesitábamos un emplazamiento porque yo traje al primo de un viejo amigo en común llamado don Chivas Regal, y con el sol abrasador de Murcia a las 6 de la tarde y los chiquillos correteando no sería buena idea quedarnos en un parque.

 

Pensé que sería buena idea darle un paseo por mis recuerdos, así que la llevé a la calle de mi antiguo domicilio mientras le iba contando  historias de mi niñez. Entonces recordé mi piscina comunitaria y las zonas frescas que provocaban las sombras de los árboles, era el sitio perfecto pero había un problema: sólo se podía acceder desde las casas y la cutre-valla de acceso general que conocí años atrás ahora se había convertido en una enorme puerta blindada de hierro de 2 metros de alto. Imposibilitado el acceso, clavé mi vista en una vivienda contigua con un letrero más que apetecible: “Se vende”.

—Entremos aquí —le dije— las contraventanas están cerradas y no tiene pinta de vivir nadie. Podemos llegar a la piscina por detrás.

La ayudé a saltar y en el jardín trasero ella se disfrazó del mismísimo diablo y aprovechando mis conocimientos sobre esas casas, me tentó para que entráramos en la viviendo. Yo me negué, para mí colarme en una casa ajena ya era demasiado, pero ella utilizó su maestría seductora para convencerme.

 

—No hay ninguna cama —comentó ella—.

— ¿Yo aquí cagado por colarme y tú preocupada por una cama? —Pensé yo— Pongámonos aquí, tenemos mucho sitio en el salón. — Saqué una manta de entre los restos que había por la casa y la invité a sentarse.

 

Ella me preguntaba por mi vida en todo ese tiempo y a mí, muy agudo, se me ocurrió que podríamos jugar al clásico “verdad o atrevimiento” para hacer el encuentro algo más picante.

—Cada uno elije la opción del otro —le explicaba mientras descargaba la app para el móvil— y si nos negamos tenemos que beber un chupito de whisky— Para ello ya teníamos preparado lo necesario con instrumental robado de la cocina.

 

El juego comenzó y yo empecé a subir la temperatura (según dice la aplicación) de las preguntas y desafíos, sin ser ella consciente o disimulando muy bien. En uno de los retos nos jugábamos a cara o cruz quién se quitaba una prenda. Perdí, o no, porque cuando me quité la camiseta ella empezó a recorrer mis pectorales y abdominales primero con la mirada y luego con caricias. Además, poco después a ella le tocó quitarse también una prenda y quedamos empatados. Así  fue como nos besamos por primera vez de nuevo porque ella tenía que hacer lo que yo quisiera durante dos minutos, y yo tuve que hacer de doctor con ella porque así lo dijo el juego. Ella se puso boca abajo y yo me tumbé encima.

—Parece que tienes hipotermia. —le dije mientras sentía mi cálido aliento en su oreja y yo pasaba mis manos por la parte interna de sus muslos, de abajo a arriba, para medir su temperatura— Me temo que vamos a tener que elevar la temperatura…— Su cuello se convirtió en víctima de mis impulsos de vampiro, su cuerpo de los de pulpo y sus labios del besucón. Cuando su cuello y mejillas comenzaron a colorarse y quemarme, di por finalizado el tratamiento. Sería una negligencia por mi parte provocarle fiebre, aunque la paciente tenía ganas de más.

 

Lorena rebuscó entre la casa y encontró unos polos de golf que nos llegaban a las rodillas

—Estaríamos muy graciosos y pijos si nos pusiéramos esto. Ponte éste.

—Son muy grandes, estas prendas son para llevarlas sin pantalones— le sugerí.

—Jajajajaja —rió— Vale, pero tú tienes que ponerte este polo y quitártelos también.

—No. Me los vas a quitar tú.

Lorena se agachó con la cabeza a la altura de mi polla y poco a poco me desabrochó los pantalones y los dejó caer. Luego se reincorporó e hizo lo mismo con los suyos. Yo me quedé embobado ante la imagen más provocativa que había visto nunca, y cuando recobré mi consciencia, la empujé contra el retocador acorralándola y empezamos a besarnos apasionadamente.

 

La besé, le mordí el cuello, la lamí hacia abajo… Pero ese dichoso polo se interponía entre mí y mi objetivo, así que agarré el cuello con las manos y rasgué la prenda hasta el ombligo. Sus pechos quedaron al aire de nuevo y volvieron a convertirse en el centro de atención de mis instintos primarios. Mis calzoncillos empezaban a manifestar mi excitación y ella lo notaba, por lo que empezó a apartarse y me dio la espalda. Me acerqué a ella por detrás, la abracé por la cintura y restregué mi entrepierna contra su culo mientras mordía delicadamente su cuello y acariciaba su pubis, pero ella se sobresaltaba y me apartaba la mano. Yo era testigo de su excitación por el calor que desprendía y su agitada respiración.

 

Estaba enfadado con ella por dejarme así y quería devolvérsela haciéndola perder también el control. Cogí su mano y la coloqué sobre mis partes, y sujetándola de la muñeca hice que la moviera en círculos poniéndose más y más dura. Entonces liberé mi miembro de su prisión y empecé a frotar suavemente sus nalgas y piernas con él. Ella quemaba, su respiración no dejaba de acelerarse y yo ya sentía el latir de su corazón a través de su espalda. Conseguí mi objetivo. Ella se giró, se encaramó a mí rodeándome con sus piernas y nos besábamos al momento que ella colgaba de mi cuello y yo la sujetaba apretando su culo.

 

Nos acostamos sobre la manta que sacamos al principio. Pero yo quería más, y en una última manifestación de mi fuerza terminé por convertir su polo en un chaleco. Liberé sus tetas de aquella molesta prenda y comencé a chuparlas en círculos, a succionarlas y a darles pequeños mordiscos. Ella jadeaba, se estremecía y dejaba escapar algún tímido “joder”, o “dios”, o “aaaahhh…” Inicié mi descenso y ella me detuvo. Nunca lo había hecho y cuando lo intentó con su novio no le gustó nada porque el simple intento de penetrarla le dolió muchísimo.

 

Traté de convencerla pero no quiso. Cogí a nuestro amigo Chivas, llené su ombligo con él y derramé un camino hasta sus braguitas.

—Esto no va a dolerte nada y te va a encantar —le dije con una sonrisa de golfo en la cara. Me bebí su ombligo y lamí el camino que había trazado con aquella bebida de los dioses. Cuando llegué al final, ella había retirado ese escudo que formaban sus manos sobre su coño y yo pude introducirme poco a poco mientras retiraba sus braguitas. Saboreé su sexo mientras lo acariciaba suavemente en círculos con la punta de la lengua y de vez en cuando la introducía en su vagina. Mi pelo se convirtió en una pelota anti-estrés para ella, que no paraba de clavar sus dedos y tirar de él; y sus muslos se transformaron para mí en una extensión de los escalofríos de su espalda. Sus tímidos gritos empezaron a ser ensordecedores y yo me preocupaba porque la gente de alrededor se diera cuenta de que la abandonada casa no estuviera vacía.

 

Se repetían de nuevo sus “joder”, “me cago en la puta”, “oh, dios”… Todas estas palabras aumentaban mi excitación y halagaban mi trabajo, pero hubo una que me llamó especialmente la atención.

—Métemela.

Tras todos los rechazos y largas que me había dado, nunca pensé escuchar eso. Yo sabía que dada nuestra relación terminaríamos follando salvajemente, pero con la situación que me comentó con su novio y lo que allí había vivido, no esperaba que fuera ese día.

—Métemela joder, Adamas, por favor…—repitió ella.

—Tú estás más que lista, pero yo aún no. Confío en ti.

No hubo que decir más para que ella supiera qué hacer. Dejé sus labios y me eché hacia atrás, tumbándome boca arriba. Ella se echó encima y nos besamos mientras ella descendía dando pequeños besos y lametones por todo mi cuerpo. Llegó a mi cintura, retiró los calzoncillos, cogió mi polla con una mano, empezó a darle besos por la punta y algunos lametones por el tronco y se la introdujo en la boca a la vez que yo le iba guiando cómo hacerlo.

 

Lorena hizo bien su trabajo y aunque no tardé en estar listo, ella se lo estaba pasando bien con mi pequeña extensión y yo estaba disfrutando como un niño, por lo que la dejé jugar un rato más. Poco después la interrumpí y le dije que ya estaba. Apoyó sus rodillas en el suelo a mis lados, levantó ligeramente la pelvis y yo la penetré sin problemas. De nuevo se repitieron sus gritos y blasfemias, esta vez más fuertes que nunca, y yo tuve que taparle la boca para bajar el ruido, a lo que ella respondió mordiéndome descaradamente y tuve que aguantarme para no hacer lo mismo que intentaba reprocharle. Cada habitación de la casa se convirtió en testigo de nuestra pasión.

 

Adamas

Artículos Relacionados

COMÉNTALO